sábado, 1 de septiembre de 2007

Martes... MARTE


David se desentumeció. Siempre le costaba reubicarse a la gravedad cero al despertar. Se desperezó. Estirarse sin gravedad es una experiencia única, un poco parecida a hacerlo en el agua, en un agua muy poco densa que te envuelve.

Pasadas las primeras horas, tras la descarga de adrenalina del lanzamiento, se sintió un poco cansado pero aún eufórico. Lo había conseguido, viajaba a Marte. Le maravilló la experiencia de sumergirse en el universo. Pensó en él mismo como algo pequeño, alejado de sus raíces, de sus semejantes, de su tierra, de la Tierra.

Al cabo de unos días la situación cambió. Debía recordarse continuamente que no estaba en la cámara de simulación sino realmente en el espacio. Dicen que la realidad supera la ficción, pero, una vez pasado el estímulo inicial de la espera, de lo nuevo, David tuvo que reconocerse a sí mismo que no era éste el caso. No había diferencia alguna entre la cámara ingrávida construida en los Urales y esta nave que surcaba el vació hacia Marte. La única diferencia, pensó, es que esto es terriblemente aburrido. Es como si, por despiste, los empleados de la S.E.U.N. se hubieran ido de vacaciones olvidándole a él en la Pecera y sin activar los mandos manuales del simulador de vuelo. La Pecera es como llaman los empleados a la cámara de simulación.

Llevaba nueve días allí, encerrado, sin más que hacer que tareas rutinarias de revisión y medición. Comía una insípida pasta a la que llamaban puré y que pretendía ser comida en lugar de un conglomerado de vitaminas, proteínas y calorías sintéticas con un ligero sabor mentolado. El único líquido que bebía era agua. Procuraba beber lo indispensable ya que sabía que los fluidos que expulsaba su cuerpo se reciclarían en su propio traje convirtiéndose en líquido para ingerir. Nunca fue especialmente escrupuloso, pero tampoco le entusiasmaba la idea de tomarse un cóctel de su propia orina, por muy transformada que estuviese.

El paisaje que podía observar desde las diferentes ventanillas apenas variaba. Al principio observaba con gran excitación, con profunda emoción. Ahora debía reconocer que era mucho más estimulante el programa informático que utilizaban en las prácticas y que les permitía acelerar o decelerar el viaje a su voluntad, cambiando el paisaje cuando y como querían.

Todavía quedaban 27 días de viaje. El hastío hizo presa de él. Es inherente a la condición humana desear dar un paso más allá para, inmediatamente, sentir la imperiosa necesidad de seguir avanzando. La constante búsqueda, la inconformidad, el deseo no saciado, que nos ha permitido evolucionar y, al tiempo, nos dificulta la felicidad, el disfrute sereno de nuestros logros.

David se volvió a desperezar. Eso era lo que sentía al fin y al cabo. Solo nueve días y, de nuevo, esa sensación. Hastío.

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